La política, por definición, es una de los campos más importantes que puede haber. Tener en las propias manos el futuro de un país es una responsabilidad gigantesca.
La política no es para gente con miedo, pues implica un conocimiento supremo de los engranajes que rigen una nación, una sabiduría necesaria para encontrar las posibles decisiones y una fortaleza suficiente para elegir una.
Un dirigente es una persona que tiene que asegurar el bienestar de sus ciudadanos, aunque implique ir en contra de las decisiones más populares que significan pan para hoy y hambre para mañana, para tomar aquellas determinaciones que supongan un futuro seguro.
A día de hoy, esta, como tantas otras, es una profesión que ha pervertido su origen y se ha convertido en una cosa radicalmente distinta.
La aparición de los partidos era necesaria para dejar que la gente eligiera cuál era su visión del mundo y votar a aquellos que parecieran preservarla. Pero todo se ha trastocado, y los partidos políticos no son ahora más que simples marcas.
Cegados por la visceralidad que los propios políticos se centran tanto en crear y extender, ya no vemos más allá de nuestras narices y nos da igual el futuro de la nación mientras sean los nuestros los que ganen.
Nos importa un comino la firmeza y la sabiduría si un tipo no sabe espolear ese hooligan que llevamos dentro para lanzarnos a votar.
En última instancia, todo es un gran circo bizarro, una delirante y tonta campaña de publicidad en la que partidos y políticos buscan dar un simple placebo temporal a la multitud, con la esperanza de que ésta se olvide de todas las cosas.
Ser político implica tanto saber ganar como saber perder, y saber perder no es acusar a los demás tontamente, sino aceptar la voluntad del pueblo, que para eso vivimos en una democracia.
Implica apoyar las decisiones correctas y criticar constructivamente las erróneas. No significa oponerse a todo, porque eso, lo vean como lo vean, no es oposición, es borreguismo puro y duro.
Implica buscar el bien de las naciones y del mundo, no la permanencia de uno mismo en el poder y el enriquecimiento a costa de la corrupción.
Implica saber lo que se hace y tomar las decisiones que el país necesita, no subirse a las modas para dar una imagen de perfección pútrida y corroída por dentro.
Y lo vean como lo vean, estos son unos males de los que están aquejados la inmensa mayoría de los políticos, incluidos aquellos que aseguran ser progres, modernos y se afanan tanto en ser nuestros compinches.
Un poco de dignidad, por favor.










